LA PARROQUIA ENTRE EL MEDIOEVO Y LA REFORMA PARROQUIAL TRIDENTINA

SERIE 4/5: LA PARROQUIA Y SU DESARROLLO EVOLUTIVO EN LA HISTORIA

Ofrezco ahora la penúltima reflexión sobre el desarrollo evolutivo de la Parroquia; aunque originalmente quise referir solamente los orígenes de la organización parroquial, me pareció oportuno extender la exposición a fin de tener una visión panorámica del desarrollo de esta entidad, en la historia de la Iglesia en general, a fin de conocerla más, valorarla y apreciarla, pues como bien dicen “nadie ama lo que no conoce”, espero suscite algún interés por hacer nuestra la invitación del Concilio Vaticano II, que en el año de la fe convocado por el Papa Benedicto XVI, celebraremos los 50 años de su apertura y así, con un retorno necesario a las fuentes de la fe y la espiritualidad cristiana, renovemos nuestra identidad eclesial en el hoy de nuestra historia.

LA PARROQUIA EN EL MEDIOEVO

Hacia los siglos VIII y IX, el ámbito geográfico, social y religioso, nuevamente manifestó una vinculación estrecha, en la reforma organizativa del imperio por parte de Carlomagno, quien adoptando las dos entidades eclesiales ya existentes las incorporó a la vida social, dividiendo directamente su vasto territorio en diócesis y parroquias; tal organización de carácter civil y religioso, exigió a obispos y sacerdotes tener una necesaria residencia local. Con el surgimiento del feudalismo, los obispos, abades y párrocos corrieron el riesgo de convertirse en súbditos de los señores feudales, en cuyos grandes dominios y como parte de su patrimonio surgen las llamadas “iglesias propias” para la asistencia espiritual de los fieles y trabajadores residentes en tales territorios, estas iglesias poseyeron ciertas características y derechos equiparables a los de una parroquia; cada iglesia edificada, dependiendo de su localización, era otorgada a un sacerdote u obispo, para desempeñar ahí su labor pastoral. Siguiendo la estructura organizativa adoptada en este período, el enfoque prioritario de la iglesia parroquial comienza a cambiar, de los fieles a un marcado interés por lo propiamente territorial.1

Hacia el siglo X, el término parroquia o ecclesia parochialis fue ampliamente usado, mientras los habitantes de aquel territorio eran llamados “parroquianos”. La marcada tendencia de relacionar la parroquia con el territorio jurisdiccional, vino a desenfocar la noción de “parroquia” como comunidad peregrina de fieles, sentido estricto del nombre paroikía (paroiki’a). En este mismo contexto, los concilios generales de los siglos XII y XIII denunciaron diversos abusos generados en torno al llamado “beneficio parroquial”, consistente en el “derecho a percibir las rentas anejas por la dote del oficio” y con fines propiamente pastorales (incluso el CIC 1917, c. 1409ss., reglamenta en torno a esta realidad). De este modo, los siglos sucesivos, especialmente XV y XVI, la vida parroquial fue decayendo generando una pérdida de su sentido más profundo y un escaso nivel de vida espiritual, situación que marcaba la urgente necesidad de revitalizar su identidad y misión.

LA REFORMA PARROQUIAL TRIDENTINA

Concilio_Trento1545-1563Con el decreto De reformatione de la sesión XIV de 1563, el concilio de Trento sancionó el estatuto jurídico de la parroquia, considerada ahora como “órgano principal de la pastoral” (c. 13). Cada populus debía constituir una parroquia, bajo la guía de su propio pastor, el cual con el fin de conocer a sus ovejas, debía residir en el territorio encomendado y no en otro, cuidando fielmente el ministerio de la Palabra y los sacramentos. La parroquia tridentina tuvo así, un doble sustento: la autoridad directiva del párroco y la participación de los fieles mediante sus ofrendas. Buscando favorecer la práctica sacramental y la comunicación entre párroco y feligreses, Trento justificó la división de las grandes parroquias; sin embargo, cuando alguna no podía dividirse por formar un sólo populus, al trabajo pastoral del párroco se vinculaba uno o más coadjutores como sus colaboradores, con el mismo deber de residencia. Con Trento el populus son los feligreses que deciden libre y personalmente una afiliación comunitaria o pertenencia a una comunidad parroquial; esta realidad aunque marcó un giro decisivo a redescubrir el sentido de la entidad parroquial, enfocado en los fieles, condujo a la masificación e impersonalidad de la vida parroquial, afectando directamente la asistencia pastoral de la cristiandad y anticipando la llegada del sentido marcadamente jurídico de la parroquia prevaleciente hasta nuestros días.2 El problema de fondo planteado por Trento no era tanto el número de los fieles por parroquia, sino la concepción territorial de la iglesia dividida en porciones o “parcelas”. No obstante, la gracia renovadora de Trento, buscó reforzar la prevalencia del aspecto servicial del párroco sobre el beneficial, elemento característico de la etapa anterior3 e hizo de la parroquia el medio más idóneo para la instrucción religiosa del pueblo y el lugar más adecuado para la celebración y el contacto personal con los bautizados.


1 Cf. L. Hertling, Historia de la Iglesia, Barcelona 199612; 174-175.

2 Cf. L. Hertling, Historia de la Iglesia, Barcelona 199612; 174-175.

3 W. Croce, «Historia de la parroquia», en La parroquia, San Sebastián 1961; 33-36.

LA IMPORTANCIA DE LA MEMORIA HISTÓRICA Y EL SENTIDO DE LA TRADICIÓN

Reapropiarse del pasado, lleva a una mejor auto comprensión… es un modo de salvaguardar, incluso, la identidad y la libertad del hombre.

La influencia de un marcado relativismo de la cultura actual, ha pretendido conducir al ser humano a una cierta “atemporalidad”; movido por una presunta “intensidad” de vivir el hoy, el ser humano frecuentemente renuncia a su propia historicidad, relegando, si no es que olvidando, una parte importante de su vida que le ha dado un modo de ser único e irrepetible… le ha dado una identidad, un modo propio de ser en el mundo… A mediados del siglo V, escribía Teodoreto de Ciro (+466) en el exordio de su Historia Eclesiástica (I,1), a propósito del valor de la memoria histórica:

Los pintores, cuando pintan sobre las mesas o sobre las paredes las historias pasadas, no sólo alegran los ojos de quien observa, sino incluso conservan viva, por largo tiempo la memoria de los acontecimientos pasados. Por su parte, los escritores de historia que usan los libros en lugar de mesas y en lugar de colores adoptan la tinta del discurso, ofrecen un recuerdo de las acciones gloriosas pasadas de gran largueza, más aún durables y estables. Se sabe, en efecto, que la obra de los pintores con el tiempo se desgasta. Por esta razón decidí otorgar a los escritos cuanto falta aún, en la Historia Eclesiástica. Consideré, en efecto, injusto permanecer indiferente, ante el hecho que la gloria de sucesos realmente famosos y el fruto de útiles narraciones vengan entregados al olvido.

El interés de Teodoreto al presentar la imagen del “fresco” o del “cuadro” se concentra, más que en el contenido estético que permite admirarlo, en la urgente necesidad de rescatar la memoria e impedir que ésta se diluya y, junto con ella, desaparezca la lección de la historia. La misma idea resuena en el prefacio de su Historia de los monjes de Siria, al hacer referencia a hombres ilustres que dejaron al cristianismo un legado importante desde su mismo testimonio de vida:

Puesto que el tiempo como trae daño al cuerpo con la vejez y la muerte y así con el olvido extiende un velo sobre las acciones dignas de alabanza, ninguno, en realidad, podrá reclamarme de poner por escrito la conducta de hombres enamorados de Dios. Como aquellos que tienen la tarea de sanar los cuerpos, preparan medicinas, combaten el mal, llevan ayuda a quien sufre, así el empeño en escribir representa un fármaco saludable que combate el olvido y alimenta la memoria.

Para Teodoreto constituye una imperdonable forma de injusticia la indiferencia ante el pasado, la memoria histórica garantiza la propia identidad sea personal o colectivamente, por tanto perderla comporta consecuentemente una pérdida de identidad. Por el contrario, reapropiarse del pasado, lleva a una mejor auto comprensión; el recurso a la heredad histórica y su escucha es un modo de salvaguardar, incluso, la identidad y la libertad del hombre. La continua invitación de la Iglesia de hoy a volver a las fuentes, es una invitación a recuperar el valor y el sentido mismo de la Tradición, sin olvidar, claro está, la tradición siempre viva de la Iglesia a lo largo de los siglos. En este sentido, la historicidad y la consecuente valoración  de la Tradición en la Iglesia, nos pone de cara a la experiencia de las primeras comunidades cristianas; como dijera Von Balthasar: “Ser fieles a la tradición… significa imitar la actitud de íntima meditación y el audaz esfuerzo creativo de nuestros Padres en la fe”.