POR UN POCO DE TIERRA

 

Cuentos que son más que cuentos… una enseñanza para la vida… De los cuentos de M. Menapace, benedictino argentino.

Esto sucedió cuando se repartía la tierra en un reino muy lejos de aquí y hace mucho tiempo. El rey reunió a todos los de su pueblo y les propuso que cada uno eligiese un pedazo de campo para cultivar según las necesidades y aspiraciones que tuviese. Entre los que se presentaron a solicitar un trozo de tierra se encontraba una persona sumamente ambiciosa, que quería desmedidamente ser dueño de una gran extensión. El rey lo sabía. Cuando estuvo en su presencia y escuchó su pedido, el monarca le aseguró que se convertiría en dueño de toda aquella tierra que lograra encerrar en un círculo caminando de sol a sol durante una jornada entera. Pero que sin falta tendría que cerrar el circuito antes de que se pusiera el sol, porque de lo contrario nada recibiría.

Entusiasmado por la idea, el hombre partió apenas despuntado el sol, lleno de bríos y dispuesto a abarcar el máximo de terreno que pudiese. Se lanzó a la carrera bordeando un arroyo, y cada vez que encontraba un paso para vadearlo con el fin de ir cerrando el periplo, se le aparecía un paisaje que lo tentaba a abarcarlo también dentro de sus ambiciones. Se decía que con solo correr un poco más rápido lograría ser dueño también de aquella región. Corrió y corrió. Cuando mediaba el día, se encontraba ya muy lejos y comenzó a realizar el arco que le permitiese retornar al punto de partida antes de la puesta del sol cerrando el círculo. Pero ello significaba que su camino de regreso tendría que ser mucho más largo que lo realizado hasta ese momento. Apuró la carrera, siempre tentado por una pradera nueva, un arroyo cristalino que le cerraba el paso, o un valle encantador que no se quería perder.

A media tarde ya no daba más. Pero sacando fuerzas de sus mismas ambiciones, continuó su carrera cada vez más veloz. Y cuando faltaba solo una hora para que muriera el día temió no llegar a tiempo. Enderezó decididamente hacia la meta que se le aparecía cada vez más imposible de alcanzar, pero absolutamente necesaria para darle sentido al proyecto al que él mismo se había condenado. Todo el pueblo se había reunido para verlo llegar. El rey ocupaba su trono y como juez dictaminaría sobre el resultado y el fiel cumplimiento de los términos. Con la mirada lo habían seguido durante toda la jornada contemplando cómo, frente a cada decisión, había optado siempre por la seducción de sus ambiciones, calculando imprudentemente sus posibilidades. El último trecho era un camino recto que trepaba la colina donde se lo esperaba. Su corazón ya no daba más y sus músculos, exigidos al máximo, se negaban a responder a su voluntad. Pero había que llegar. Porque el sol ya estaba por tocar el horizonte, y bajaba inexorablemente hacia su ocaso.

¡¡Y llegó!! Pero fue sólo para derrumbarse fulminado por un infarto a los pies del rey, con el corazón agotado por el cansancio de aquella insensata carrera. Cuando lo llevaron a enterrar, todo el pueblo constató la realidad: ¡¡qué poco lugar bastaba para su sepultura!! Y que ésta, era el único trozo de tierra que en realidad había logrado conseguir con sus locas ambiciones.

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