La Comunidad parroquial, después del Concilio Vaticano II

SERIE 5/5: LA PARROQUIA Y SU DESARROLLO EVOLUTIVO EN LA HISTORIA

Por: Limberg Gómez Coutiño

Con este artículo concluimos la serie sobre “La parroquia y su desarrollo evolutivo en la historia”, es importante llegar a este punto, pues fue en el concilio Vaticano II, “la más grande gracia eclesial del siglo XX”, donde la Iglesia universal fue directamente interpelada sobre su identidad y misión: “Iglesia, ¿qué dices de ti misma?”; el Papa Pablo VI, en su Discurso de conclusión del Concilio Vaticano II n. 3, el 07 de Diciembre, 1965, nos decía: “la Iglesia se ha recogido en su íntima conciencia espiritual, no para complacerse en eruditos análisis de psicología religiosa, o de historia de su experiencia, o para dedicarse a reafirmar sus derechos, o a formar sus leyes, sino para hallar en sí misma, viviente y operante en el Espíritu Santo, la palabra de Cristo y sondear más a fondo el misterio, o sea el designio y la presencia de Dios, por encima y dentro de sí, y para reavivar en sí la fe, que es el secreto de su seguridad y de su sabiduría”. Es así, como, la doctrina conciliar y la reflexión derivada de ésta, nos trae una luz, a propósito de nuestro tema, para la renovación de la vida de nuestras parroquias y continuar nuestro peregrinaje en el mundo, transformando, con la fuerza del Espíritu Santo, la sociedad en que vivimos.

Iglesia-peregrinaLa parroquia, poco antes del concilio Vaticano II, poseía un énfasis marcadamente sacramental; los espacios privilegiados de la pastoral parroquial eran: el templo, destinado a la vida sacramental y devocional; el despacho parroquial, donde el párroco atendía las diversas demandas de la feligresía; la sacristía o la sala para la catequesis; sin descartar la asistencia sacramental a los enfermos en sus propios domicilios. Después del concilio Vaticano II y la reforma impulsada por el Código de Derecho Canónico, la manera de concebir la parroquia da un importante giro, favoreciendo, en cierto modo, una búsqueda de retorno a las fuentes de la identidad parroquial y con ello una mayor cercanía al sentido original del vocablo paroiki’a(Paroikía). En el CIC (Codex Iuris Canonici) de 1917, la noción de “parroquia” refiere a una porción territorial de la diócesis cuya iglesia vinculada a un pueblo es puesta bajo la guía de un “rector específico” (c. 216); en la Iglesia actual, la parroquia, es considerada como la COMUNIDAD de fieles cristianos que habitan en tal porción, cuya vida cristiana se desarrolla en una variedad de vocaciones, carismas y ministerios. Vincular la noción de “parroquia” a la “comunidad de fieles” fue uno de los grandes frutos del concilio; de hecho, la constitución Sacrosanctum concilium 42, la describe como Coetus fidelium, es decir, “reunión de fieles”; el decreto Ad gentes 30, la llama Communitas (comunidad) y cellula, el decreto Apostolicam Actuositatem 10. Siguiendo la enseñanza conciliar, el nuevo CIC (1983), antes de normativizar el oficio del párroco, establece los lineamientos en torno a la “comunidad de los fieles”. La parroquia aparece aquí constituida de dos elementos profundamente compenetrados: La comunidad de fieles y el servicio pastoral del ministro ordenado a cuyo cuidado es puesta la parroquia. Con la expresión “una determinada comunidad de fieles”, describiendo a la parroquia, y “porción del Pueblo de Dios”, referida a la “Diócesis” delimita una y otra entidad eclesial (c. 369), aunque en ambas encontramos un marcado aspecto comunitario. La comunidad parroquial se constituye así en un verdadero sujeto de acción pastoral y abarca a todos los fieles de un determinado territorio sin exclusión ni discriminación alguna. Como comunidad y porción de la iglesia diocesana, el ministerio pastoral ejercido a favor de esta, principalmente por el párroco, constituye una prolongación del ministerio episcopal en la diócesis. El párroco como pastor propio, en cuanto enviado a tal comunidad y no a otra, tiene un compromiso de justicia con ella en el ejercicio de su misión de pastoreo a través de las funciones parroquiales concretas, desempeñando un auténtico ministerio de coordinación y guía de la comunidad peregrina.

Parroquia01La parroquia es, en este sentido, nuevamente una comunidad de fieles en camino, bajo la presidencia del párroco asignado como pastor y a la vez peregrino con su comunidad, quien “comparte junto a” los demás fieles (pa’roikoi, paroikoi”) no sólo un espacio geográfico sino incluso un contexto concreto con características y estilos de vida propios; juntos, comunidad y pastor, se esfuerzan por hacer realidad los valores del Reino de Jesús, a través del testimonio creyente fortalecido por la acción pastoral y evangelizadora, mientras se encaminan a la Patria definitiva. De este modo, impulsados por espíritu del concilio Vaticano II, a punto de cumplir 50 años de su apertura, y su afán de retorno a las fuentes, renovemos nuestra vida parroquial y la identidad de esta porción de la Iglesia, la cual está llamada a ser no un ente aislado sino una sociedad de personas concretas, con quienes, compartiendo la misma fe en Jesucristo, vida y esperanza de nuestros pueblos y viviendo en una continua interrelación convertida en una auténtica comunión fraterna, continuemos sin desfallecer nuestro peregrinaje por este mundo, construyendo juntos el Reino que anhelamos.

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LA PARROQUIA ENTRE EL MEDIOEVO Y LA REFORMA PARROQUIAL TRIDENTINA

SERIE 4/5: LA PARROQUIA Y SU DESARROLLO EVOLUTIVO EN LA HISTORIA

Ofrezco ahora la penúltima reflexión sobre el desarrollo evolutivo de la Parroquia; aunque originalmente quise referir solamente los orígenes de la organización parroquial, me pareció oportuno extender la exposición a fin de tener una visión panorámica del desarrollo de esta entidad, en la historia de la Iglesia en general, a fin de conocerla más, valorarla y apreciarla, pues como bien dicen “nadie ama lo que no conoce”, espero suscite algún interés por hacer nuestra la invitación del Concilio Vaticano II, que en el año de la fe convocado por el Papa Benedicto XVI, celebraremos los 50 años de su apertura y así, con un retorno necesario a las fuentes de la fe y la espiritualidad cristiana, renovemos nuestra identidad eclesial en el hoy de nuestra historia.

LA PARROQUIA EN EL MEDIOEVO

Hacia los siglos VIII y IX, el ámbito geográfico, social y religioso, nuevamente manifestó una vinculación estrecha, en la reforma organizativa del imperio por parte de Carlomagno, quien adoptando las dos entidades eclesiales ya existentes las incorporó a la vida social, dividiendo directamente su vasto territorio en diócesis y parroquias; tal organización de carácter civil y religioso, exigió a obispos y sacerdotes tener una necesaria residencia local. Con el surgimiento del feudalismo, los obispos, abades y párrocos corrieron el riesgo de convertirse en súbditos de los señores feudales, en cuyos grandes dominios y como parte de su patrimonio surgen las llamadas “iglesias propias” para la asistencia espiritual de los fieles y trabajadores residentes en tales territorios, estas iglesias poseyeron ciertas características y derechos equiparables a los de una parroquia; cada iglesia edificada, dependiendo de su localización, era otorgada a un sacerdote u obispo, para desempeñar ahí su labor pastoral. Siguiendo la estructura organizativa adoptada en este período, el enfoque prioritario de la iglesia parroquial comienza a cambiar, de los fieles a un marcado interés por lo propiamente territorial.1

Hacia el siglo X, el término parroquia o ecclesia parochialis fue ampliamente usado, mientras los habitantes de aquel territorio eran llamados “parroquianos”. La marcada tendencia de relacionar la parroquia con el territorio jurisdiccional, vino a desenfocar la noción de “parroquia” como comunidad peregrina de fieles, sentido estricto del nombre paroikía (paroiki’a). En este mismo contexto, los concilios generales de los siglos XII y XIII denunciaron diversos abusos generados en torno al llamado “beneficio parroquial”, consistente en el “derecho a percibir las rentas anejas por la dote del oficio” y con fines propiamente pastorales (incluso el CIC 1917, c. 1409ss., reglamenta en torno a esta realidad). De este modo, los siglos sucesivos, especialmente XV y XVI, la vida parroquial fue decayendo generando una pérdida de su sentido más profundo y un escaso nivel de vida espiritual, situación que marcaba la urgente necesidad de revitalizar su identidad y misión.

LA REFORMA PARROQUIAL TRIDENTINA

Concilio_Trento1545-1563Con el decreto De reformatione de la sesión XIV de 1563, el concilio de Trento sancionó el estatuto jurídico de la parroquia, considerada ahora como “órgano principal de la pastoral” (c. 13). Cada populus debía constituir una parroquia, bajo la guía de su propio pastor, el cual con el fin de conocer a sus ovejas, debía residir en el territorio encomendado y no en otro, cuidando fielmente el ministerio de la Palabra y los sacramentos. La parroquia tridentina tuvo así, un doble sustento: la autoridad directiva del párroco y la participación de los fieles mediante sus ofrendas. Buscando favorecer la práctica sacramental y la comunicación entre párroco y feligreses, Trento justificó la división de las grandes parroquias; sin embargo, cuando alguna no podía dividirse por formar un sólo populus, al trabajo pastoral del párroco se vinculaba uno o más coadjutores como sus colaboradores, con el mismo deber de residencia. Con Trento el populus son los feligreses que deciden libre y personalmente una afiliación comunitaria o pertenencia a una comunidad parroquial; esta realidad aunque marcó un giro decisivo a redescubrir el sentido de la entidad parroquial, enfocado en los fieles, condujo a la masificación e impersonalidad de la vida parroquial, afectando directamente la asistencia pastoral de la cristiandad y anticipando la llegada del sentido marcadamente jurídico de la parroquia prevaleciente hasta nuestros días.2 El problema de fondo planteado por Trento no era tanto el número de los fieles por parroquia, sino la concepción territorial de la iglesia dividida en porciones o “parcelas”. No obstante, la gracia renovadora de Trento, buscó reforzar la prevalencia del aspecto servicial del párroco sobre el beneficial, elemento característico de la etapa anterior3 e hizo de la parroquia el medio más idóneo para la instrucción religiosa del pueblo y el lugar más adecuado para la celebración y el contacto personal con los bautizados.


1 Cf. L. Hertling, Historia de la Iglesia, Barcelona 199612; 174-175.

2 Cf. L. Hertling, Historia de la Iglesia, Barcelona 199612; 174-175.

3 W. Croce, «Historia de la parroquia», en La parroquia, San Sebastián 1961; 33-36.

LA IGLESIA PARROQUIAL DESPUÉS DE LA “PAZ CONSTANTINIANA”

SERIE 3/5: LA PARROQUIA Y SU DESARROLLO EVOLUTIVO EN LA HISTORIA

Por: Limberg Gómez Coutiño

buen_pastor_2Damos un paso adelante con la presentación de este 3° de 5 temas sucesivos que nos permitirán conocer la evolución y consolidación del sistema organizativo parroquial, cuya entidad, necesario no perder de vista, siempre será su presencia en el mundo vivida con un sentido de peregrinaje hacia una Patria definitiva: el Reino de Dios.

La parroquia, desde el siglo IV hasta nuestros días, ha formado parte de la estructura organizativa y  social de la Iglesia; aunque en la antigüedad constituyó un grupo social estrechamente unido y ligado a la comunidad civil, conformando una identidad unitaria entre el ambiente geográfico, social y religioso. En oriente, desde el concilio de Antioquía del 341 y, en occidente, con el de Sárdica del 343, encontramos ya establecidas diversas comunidades bajo la autoridad de un obispo, pero no gobernadas directamente por él. Hasta entonces el obispo gobernaba tanto la ciudad como las comunidades rurales, es decir, toda una basta región (cw’ra); de acuerdo a lo que nos testimonia el concilio de Antioquía en su canon 10, los obispos de los pueblos o corepíscopos administraban únicamente las comunidades a ellos encomendadas y con particulares facultades otorgadas y no otras…

El concilio de Sárdica en su canon 18, prohibió a los obispos intervenir en las parroquias de otra sede y el papa Inocencio a principios del siglo V afirma que todas sus parroquias, a las que en ese entonces se les llama tituli, están dentro de las murallas de la ciudad (Ep. ad Decentium 5). Con todo, la comunidad cristiana o paroikía del siglo IV, caracterizada por una liturgia propia y su labor administrativa y eclesial, tiene todavía más similitud a lo que hoy llamamos “Diócesis”. Es entre los siglos V y VI, cuando logra consolidarse de lleno la organización parroquial de las comunidades alejadas de la ciudad, con el nacimiento de la llamada “Parroquia rural”, en donde un presbítero delegado y facultado se hace cargo de una determinada zona pastoral; en las ciudades, este tipo de “Parroquias” aparecerían años más tarde.2 A partir de aquí al siglo VIII, se iría gradualmente configurando el sistema parroquial como nosotros lo conocemos; el cual, sin embargo, años más tarde, obtendría una marcada acentuación de carácter administrativo y cultual.

Esto significa que ante la expansión misma del cristianismo, con el surgimiento consecuente de la llamada “Parroquia rural”, nace el germen de esta porción eclesial que nosotros conocemos como “Parroquia”, la cual, aún perteneciendo a un territorio más extenso presidido por el Obispo, bajo la encomienda de un presbítero delegado se busca brindar un mejor acompañamiento y atención pastoral a las comunidades alejadas de la ciudad.


1 Cf. A. Di Berardino, ed., I canoni dei concili della Chiesa Antica. I concili greci, I, Studia Ephemeridis Augustinianum 95, IPA, Roma 2006.

Cf. C. Gerest, «En los orígenes de la parroquia», en M. Brion, ed., Las parroquias. Perspectivas de renovación, Madrid 1979; 95.

LA ORGANIZACIÓN ECLESIÁSTICA EN LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DEL CRISTIANISMO

SERIE 2/5: LA PARROQUIA Y SU DESARROLLO EVOLUTIVO EN LA HISTORIA

Por: Limberg Gómez Coutiño

Presentamos ahora el 2° de 5 temas sucesivos en torno a la evolución de esta entidad tan importante en la vida de nuestra Iglesia, expresión de nuestro peregrinaje en el mundo, elemento de identidad vinculante y de pertenencia a la Iglesia Particular, porción de la Iglesia Universal: LA PARROQUIA…

Después de un acercamiento fundamental al concepto, referimos ahora el DESARROLLO Y CARACTERÍSTICAS elementales que distinguió la ORGANIZACIÓN ECLESIÁSTICA de las primeras comunidades cristianas. Originalmente la comunidad cristiana local se refería con el término e1kklhsía [ekklesía], es decir, “Iglesia” o, más estrictamente, “Asamblea”, en sentido propiamente cristiano “Comunidad de fieles”, el mismo  vocablo fue originalmente aplicado incluso a la Iglesia Universal; en etapa posterior asignaría también el mismo lugar de culto o el espacio donde la “Comunidad de fieles” se reúne para tal fin. El dato bíblico nos revela que Pablo fundó diversas comunidades cristianas o e1kklhsíai [ekklesíai] bajo la dirección de un colegio de presbíteros ayudados por diáconos; todos ellos, miembros de las mismas comunidades, a quienes, aun con ciertas facultades subordinadas al Apóstol, los fieles obedecían (1Cor 16,15ss; 1Tes 5,12, Rom 12,6ss); son llamados: “presbíteros” y “epíscopos”, los cuales gobiernan, con una misión muy semejante, la ekklesía o Iglesia de Dios  como sus pastores (Hech 20,17.28). En una palabra, entre los siglos II y III la iglesia local era propiamente la comunidad cristiana en cuanto tal y en estrecha unidad pastoral con la civitas (ciudad), de hecho, ya desde la época apostólica cada iglesia local o particular es designada con el nombre de la misma ciudad donde se funda (vg. La Iglesia de Jerusalén, de Roma, de Antioquía, etc.). Hacia el siglo III, el término paroikía o “parroquia” se aplica a la iglesia local que, posteriormente, indicaría el territorio de un obispo; de hecho, en la opinión de varios autores a fines del siglo I, conforme el episcopado monárquico se fue consolidando como forma organizativa, no hay posibilidad de encontrar alguna comunidad cristiana, por pequeña que sea, si no es congregada, dirigida y gobernada por un obispo;1 incluso en el siglo IV, Eusebio de Cesarea, al inicio de su Historia Eclesiástica, expone el propósito de presentar a quienes sobresalieron “en el gobierno y en la presidencia de las iglesias más ilustres” usando el término paroikía, es decir “parroquia”, por ende organizadas y presididas por un obispo; más adelante, refiriendo a éstas mismas “iglesias ilustres”, usa el término e1kklhsía [ekklesía].2 Las actualmente llamadas “Diócesis”, por tanto, conformaban las paroikíai [paroikíai] o “parroquias” de la iglesia antigua, en donde los presbíteros ejercían colegialmente su ministerio junto al Obispo y sin dividir el territorio en porciones; el Obispo, rodeado de su Presbiterio, tenía la responsabilidad total de tal Iglesia. Cada una de estas comunidades cristianas episcopales gozaba de autonomía tanto en lo litúrgico como en lo disciplinar, aunque todas seguían unidas en virtud de la comunión eclesial o koinonía y la consecuente fraternidad cristiana. La necesidad de una mejor atención a los fieles, cuyo número crecía cada vez más, sobre todo en las principales ciudades del imperio, favoreció el desarrollo evolutivo de la organización eclesial. En la iglesia de Roma, a mediados del siglo III, el papa Cornelio cuenta con el apoyo de 46 presbíteros, 7 diáconos, 7 subdiáconos, entre otros ministros y más de 1500 viudas y pobres que atender.3 Según el Liber Pontificalis, el Papa Evaristo, después del año 100, asignó a los presbíteros de Roma los llamados tituli; el “título” correspondería a la iglesia parroquial de la ciudad, asistida por uno o más presbíteros; el mismo documento testimonia que el Papa Urbano (+230) compró para la iglesia de Roma 25 patenas de plata, muy probablemente destinadas a sus 25 títulos; el Papa Dionisio (260-268), por su parte, lleva adelante la organización eclesiástica, encomendando a los presbíteros algunas comunidades eclesiales y erigiendo las iglesias de los cementerios extraurbanos con el nombre de dioeceses (“Diócesis”). El Papa Marcelo, hacia el año 300 transformó también en dioeceses los 25 títulos entonces existentes en Roma, para asistir a los numerosos neófitos bautizados y a la multitud de penitentes. En tales casos particulares, las “Diócesis” (dioeceses) son las comunidades presbiterales que gozaban de cierta autonomía y con derechos de conferir el sacramento del bautismo, siguiendo con el nombre de paroikía o “parroquia” la Iglesia Particular o territorio del Obispo, esto significa que, al menos en los primeros tres siglos del cristianismo, los nombres de “Parroquia” y “Diócesis” ya forman parte del lenguaje organizativo de la Iglesia aunque en sentido inverso al nuestro, donde el nombre de “Parroquia” designaría lo que actualmente corresponde a una Diócesis, y ésta, a su vez, equivaldría a la actual “Parroquia”, en cuanto porción de aquella y presidida por un presbítero.


1 Cf. V. Bo, La parroquia, pasado y futuro, Madrid 1978; 14.

2 Cf. Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica I.

3 Cf. Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica VI, 43, 11.

LA PARROQUIA ALGO MÁS QUE UN “CONCEPTO”

SERIE1/5: LA PARROQUIA Y SU DESARROLLO EVOLUTIVO EN LA HISTORIA

Por: Limberg Gómez Coutiño

Con el deseo de seguir redescubriendo nuestra identidad cristiana y eclesial, desarrollaremos, a partir de esta reflexión, 5 temas sucesivos en torno a la organización parroquial en la Iglesia; ¿Por qué a esta porción de la Iglesia particular le llamamos “Parroquia” y cómo se fue desarrollando y consolidando la organización parroquial? ¿Cómo fue la organización eclesial de las primeras comunidades?

Antes que otra cosa, es bueno acercarnos al concepto mismo, a fin de percibir su profundidad y grandeza, así como su contenido esencial que le hace ser, MÁS QUE UN “CONCEPTO”, una experiencia de fe y vida que merece ser tomada en cuenta a fin de valorar, desde sus raíces y etimología, nuestra pertenencia a una comunidad parroquial…

El sustantivo “parroquia” del latín paroecia o parochia, proviene del griego paroiki’a (paroikía) y significa “vecindad”, pa’roikoç (pároikos) significa “vecino” y el verbo paroike’w (paroikéo) “habitar cerca de…” “estar situado junto a…”. Consiguientemente, la paroikía o “vecindad” está conformada por aquellos que “viviendo junto a” los demás pa’roikoi (pároikoi) comparten no sólo un espacio geográfico sino incluso un contexto y características semejantes de estilo de vida.[1]

En la biblia de los LXX, pa’roikoç (pároikos) equivale a “ser extranjero” o “emigrante” y paroikía (paroikía) significa tener “residencia en un país extranjero”, indica vivir como forastero en otro país, con cierta garantía de protección por parte de la comunidad, aunque sin derecho de ciudadanía; en el AT es, por tanto, la porción del Pueblo de Dios que vive en el extranjero sin derecho de ciudadanía local.[2] En el NT, pa’roikoç (pároikos) sigue indicando “extranjero” e incluso “forastero” o “advenedizo”: “Así pues, ya no son ustedes extranjeros ni advenedizos, sino que son conciudadanos de los santos y familia de Dios” [:Ara ou=n ouvke,ti evste. xe,noi kai. pa,roikoi avlla. evste. sumpoli/tai tw/n a`gi,wn kai. oivkei/oi tou/ qeou/] [Ára oún oukéti esté xénoi kai pároikoi al-lá esté sympolítai tón haghíon kai oikéioi toú Theoú] (Ef 2,19). En la 1ª Carta de Pedro paroiki’a (paroikía), es la comunidad de los que están “de paso” o en situación de “emigrante y peregrino”: “condúzcanse en temor durante el tiempo de su peregrinación” [evn fo,bw| to.n th/j paroiki,aj u`mw/n cro,non avnastra,fhte] [en fóbo tón tés paroikías hymón jrónon anastráfete] (1Pe 1,17); y también: “Amados, les ruego como a extranjeros y peregrinos, que se abstengan de las pasiones carnales que combaten contra el alma” [VAgaphtoi,( parakalw/ w`j paroi,kouj kai. parepidh,mouj avpe,cesqai tw/n sarkikw/n evpiqumiw/n ai[tinej strateu,ontai kata. th/j yuch/j\] [Agapetói, parakaló hos paróikous kai parepidémous apéjesthai ton sarkikón epithymión háitines stratéuontai katá tés psyjés] (1Pe 2,11). El cristianismo de los primeros siglos en su proceso de configuración fue, por un lado, receptor de la herencia judaica, por otro, le tocaría vivir una inevitable influencia del mundo grecorromano, de ahí que el mismo vocablo paroikía, en su sentido propiamente cristiano, se entremezcla un doble significado: por un lado indica “vivir en vecindad”, es decir, la paroikía o “parroquia” no es un ente aislado sino una sociedad de personas concretas que viven en una continua interrelación; por otra parte, equivale a la comunidad que en lo más profundo de su ser experimenta una doble realidad el ser: “extranjera y peregrina” en el mundo.


[1] Cf. F. Montanari, ed., «Paroikía», en Vocabolario della Lingua greca, Torino 20042; 1600.

[2] Cf.  «Parroquia»,  en Grande Lessico del Nuovo Testamento,  IX,  Brescia  1975; cc. 793-830.

LA IMPORTANCIA DE LA MEMORIA HISTÓRICA Y EL SENTIDO DE LA TRADICIÓN

Reapropiarse del pasado, lleva a una mejor auto comprensión… es un modo de salvaguardar, incluso, la identidad y la libertad del hombre.

La influencia de un marcado relativismo de la cultura actual, ha pretendido conducir al ser humano a una cierta “atemporalidad”; movido por una presunta “intensidad” de vivir el hoy, el ser humano frecuentemente renuncia a su propia historicidad, relegando, si no es que olvidando, una parte importante de su vida que le ha dado un modo de ser único e irrepetible… le ha dado una identidad, un modo propio de ser en el mundo… A mediados del siglo V, escribía Teodoreto de Ciro (+466) en el exordio de su Historia Eclesiástica (I,1), a propósito del valor de la memoria histórica:

Los pintores, cuando pintan sobre las mesas o sobre las paredes las historias pasadas, no sólo alegran los ojos de quien observa, sino incluso conservan viva, por largo tiempo la memoria de los acontecimientos pasados. Por su parte, los escritores de historia que usan los libros en lugar de mesas y en lugar de colores adoptan la tinta del discurso, ofrecen un recuerdo de las acciones gloriosas pasadas de gran largueza, más aún durables y estables. Se sabe, en efecto, que la obra de los pintores con el tiempo se desgasta. Por esta razón decidí otorgar a los escritos cuanto falta aún, en la Historia Eclesiástica. Consideré, en efecto, injusto permanecer indiferente, ante el hecho que la gloria de sucesos realmente famosos y el fruto de útiles narraciones vengan entregados al olvido.

El interés de Teodoreto al presentar la imagen del “fresco” o del “cuadro” se concentra, más que en el contenido estético que permite admirarlo, en la urgente necesidad de rescatar la memoria e impedir que ésta se diluya y, junto con ella, desaparezca la lección de la historia. La misma idea resuena en el prefacio de su Historia de los monjes de Siria, al hacer referencia a hombres ilustres que dejaron al cristianismo un legado importante desde su mismo testimonio de vida:

Puesto que el tiempo como trae daño al cuerpo con la vejez y la muerte y así con el olvido extiende un velo sobre las acciones dignas de alabanza, ninguno, en realidad, podrá reclamarme de poner por escrito la conducta de hombres enamorados de Dios. Como aquellos que tienen la tarea de sanar los cuerpos, preparan medicinas, combaten el mal, llevan ayuda a quien sufre, así el empeño en escribir representa un fármaco saludable que combate el olvido y alimenta la memoria.

Para Teodoreto constituye una imperdonable forma de injusticia la indiferencia ante el pasado, la memoria histórica garantiza la propia identidad sea personal o colectivamente, por tanto perderla comporta consecuentemente una pérdida de identidad. Por el contrario, reapropiarse del pasado, lleva a una mejor auto comprensión; el recurso a la heredad histórica y su escucha es un modo de salvaguardar, incluso, la identidad y la libertad del hombre. La continua invitación de la Iglesia de hoy a volver a las fuentes, es una invitación a recuperar el valor y el sentido mismo de la Tradición, sin olvidar, claro está, la tradición siempre viva de la Iglesia a lo largo de los siglos. En este sentido, la historicidad y la consecuente valoración  de la Tradición en la Iglesia, nos pone de cara a la experiencia de las primeras comunidades cristianas; como dijera Von Balthasar: “Ser fieles a la tradición… significa imitar la actitud de íntima meditación y el audaz esfuerzo creativo de nuestros Padres en la fe”.

EL PROCESO EVANGELIZADOR EN LOS PRIMEROS SIGLOS DEL CRISTIANISMO

Por: P. Limberg Gómez Coutiño

I. EL CRISTIANISMO DE LOS PRIMEROS SIGLOS: UNA COMUNIDAD EN MOVIMIENTO

1. Expansión del cristianismo y primeros encuentros con el mundo pagano

Cristo funda la iglesia y conforma la comunidad apostólica a la que confiere la misión de “ir”, “evangelizar” y “bautizar”, enriqueciendo y acrecentando la comunidad de discípulos. Tal misión comienza abiertamente el día de Pentecostés. El martirio de Esteban (Hech 6-7), hacia el 32 d.C. y la muerte de Santiago el Mayor, marca el inicio de una serie de instigación contra el cristianismo de los primeros siglos, primero por parte del judaísmo, después por el paganismo. Muchos de los discípulos huyen a Antioquía y Alejandría, que junto con Roma conformaban las ciudades más importantes del imperio. En los tres primeros siglos de vida de la Iglesia, su presencia es mayor en Asia Menor, Egipto y Siria. También hay núcleos importantes de cristianos en muchas ciudades griegas, en Italia, Hispania y África proconsular. Bastó la dedicación de aquella primera generación de apóstoles para recorrer los caminos que «las legiones» ya antes habían recorrido, si bien ahora en sentido inverso: de Jerusalén a Roma, y con otra finalidad: la evangelización, que consiguió la adhesión de personas de diversos estratos sociales: hombres y mujeres, judíos y gentiles, esclavos y libres, comerciantes y artesanos, gente sencilla e incluso gente acomodada, gente con escasos conocimientos e incluso filósofos, las barreras sociales se convierten en fraternidad y testimonio de caridad, al interior de la comunidad cristiana, característica fundamental aprendida a la luz del Evangelio y la profesión de fe en Jesucristo, realidad que desentonaba con los esquemas vividos por la religión tradicional romana. Tertuliano, testimonia en su Apologeticum (37,4) que a principios del siglo III (220), el cristianismo había alcanzado ya diversos ambientes de la sociedad romana:

Somos de ayer y ya llenamos todos sus sitios: las ciudades, las islas, las ciudadelas, los municipios, los conciliábulos, los mismos campamentos, las tribus, las decurias, la corte, el senado, el foro; ¡solamente les hemos dejado los templos!

2. El cristianismo antiguo en la cotidianidad de la vida social

Roma, con sus múltiples vías de acceso, era considerada el centro del mundo y principal punto de convergencia de gente de toda raza, creencias, condición social, oficios, etc.; generando un campo propicio para la evangelización. Los viajes eran una exigencia comercial y cultural; se viaja también por placer, por peregrinación o, incluso, para recibir o dar alguna instrucción cristiana en especial. En el marco de la vida social, las “hostelerías” y tabernas, frecuentemente visitadas, fueron consideradas por el cristianismo como centros de mala reputación; santa Elena, madre de Constantino, antes de su conversión, fue una célebre “chica de Taberna”. La situación de depravación en la cultura romana, favoreció la conciencia de la necesaria hospitalidad entre los cristianos; apoyado por los diáconos y las viudas, los obispos eran los principales responsables del servicio hospitalario, quien lo necesitaba debía llevar una carta de recomendación de su propio obispo. Los cristianos proceden de personas con variedad de oficios: Desde médicos, juristas o jueces, hasta obreros, oficios manuales, escultores, panaderos, carpinteros, sastres, alfareros, tejedores, etc. El oficio del comercio exige prudencia, a fin de evitar la avaricia, lo mismo se pide a los servidores del Estado, funcionarios y militares, profesión aunque no prohibida es necesario lo más posible evitarla; los cargos municipales son prohibidos directamente por la Traditio Apostolica, hacia el siglo III. Algunos filósofos, en afanosa búsqueda de la verdad, se encuentran con el cristianismo, surgiendo la necesidad de los primeros diálogos entre la argumentación filosófica y los principios de la doctrina cristiana. Diversas tareas como: la magia, la astrología, los juegos del circo o los gladiadores, el teatro, la danza, la prostitución, la edificación de templos paganos y la fabricación de ídolos, son totalmente incompatibles con el Evangelio, por consiguiente deben ser abandonados como fruto de la conversión.

3. Conflicto y desencuentro con el mundo pagano

La proclamación de la fe monoteísta y la identidad del cristianismo considerado a sí mismo religión universal, choca directamente con la religiosidad tradicional romana y con el escepticismo filosófico, provocando una reacción hostil. El cristianismo es considerado un fermento perturbador para el estado y el bienestar de la sociedad, idea fundamental basada en la preservación de la pax deorum o “paz de los dioses”, según la cual toda divinidad reconocida debía rendírsele el culto debido, a fin de mantener la paz y el bienestar social, la ruptura del cristianismo con esta religiosidad tradicional pone en riesgo esta paz, pues toda omisión en el culto a las deidades despierta su ira provocando inestabilidad y crisis social. Los primeros roces entre el cristianismo y paganismo se dan en la misma cotidianidad; el cristiano se encuentra a cada paso con alguna divinidad a la cual ya no le rinde honores; su distanciamiento de los espectáculos y de las fiestas relacionadas con el culto público o a los dioses familiares, despierta una serie de interrogantes; la renuncia del cristiano al culto a Roma y al emperador, expresión de lealtad, lo convierte en un enemigo potencial de la estabilidad del imperio, así fueron interpretados diversos acontecimientos como: la invasión germánica, la peste del 167, la inundación del Tíber, los tiempos de sequía y de malas cosechas, etc. considerando únicos culpables a los cristianos, “generadores de males y enemigos de la humanidad”; hacia el 440, san Agustín con su obra La Ciudad de Dios responderá toda culpabilidad imputada a los cristianos por la caída de Roma. A los ojos de la opinión pública, las reuniones cristianas son vistas con sospechas, se les acusa de canibalismo por lo que saben vagamente de la celebración eucarística, el llamarse hermanos y hermanas o darse el beso de la paz son acciones malinterpretadas; los rumores y los requerimientos de la chusma provoca la reacción inevitable de las autoridades; sin la autorización debida, el cristianismo se convierte en una religión ilícita en el imperio, quien los acusa de ateísmo por no reconocer las divinidades tradicionales y de conspirar contra el estado por no rendir culto al emperador; el rescripto de Trajano, hacia el 111, puso por escrito las primeras medidas sobre el proceder con los cristianos, es aquí donde un problema religioso torna directamente un problema político que las autoridades debían afrontar.

A mediados del siglo II, surge un nuevo aliado fuertemente capaz de agudizar aún más la repulsión contra el cristianismo: el mundo intelectual; es decir, los filósofos paganos, que a través de escritos y panfletos satirizaban a los cristianos tachándolos de ignorantes y necios; ridiculizaban las Escrituras considerándolos escritos “atiborrados de solecismos y barbarismos” y desaprobando la religión cristiana como novedosa y sin tradición. Con todo, el cristianismo saldría en defensa de su verdad, marcando el inicio de la apología cristiana. San Justino, fue uno de los grandes padres apologetas, filósofo convertido al cristianismo y conocedor de las diversas escuelas filosóficas de su tiempo, puso al servicio del cristianismo todas sus capacidades afrontando las críticas y acusaciones del mundo pagano. La acción de los padres apologistas permitió abrir una verdadera acción misionera y dialogante con el helenismo culto, situación que favoreció la conversión y adhesión al cristianismo de nuevos intelectuales y filósofos; sin embargo, tal realidad, aunque favorable para el proceso evangelizador, la exagerada racionalización de los contenidos de la fe en ciertos grupos de intelectuales, ahora cristianos, conllevó a una consecuente exaltación de la filosofía helenista, a tal grado de provocar las primeras desviaciones de la Tradición cristiana, convirtiéndose ahora en los enemigos internos del cristianismo, propiciando un giro a la apología cristiana saliendo ahora en defensa de la doctrina al interior de la comunidad; tal fue el caso del gnosticismo, movimiento sincretista que con una mezcla de cristianismo, judaísmo, filosofía y mito, elaboró todo un sistema que buscaba dar respuesta a diversas cuestiones existenciales del ser humano emitiendo así una concepción racionalista del mundo, el hombre y Dios. Tanto el desarrollo del gnosticismo en diversas comunidades como la necesidad de dar razón de la fe y proclamar al mundo que el cristianismo no es una religión de ignorantes, surge en Alejandría la primera escuela teológica; fundada por Panteno como escuela catequética para la formación de los catecúmenos hacia el 180, bajo la dirección de Orígenes hacia el 215, llegaría a constituirse en la escuela teológica más importante de la antigüedad cristiana, cuyo auge e influencia en la iglesia tanto oriental como occidental predominaría hasta el siglo V y daría a la Iglesia grandes teólogos como Orígenes, san Clemente, san Dionisio, san Atanasio y san Cirilo.

II. LOS PROCESOS DE EVANGELIZACIÓN Y CATEQUESIS EN LA ANTIGÜEDAD

1. Kerigma y catequesis

La fe se va propagando, originalmente de manera personalizada, en la cotidianidad de la vida doméstica de esposa a marido, de esclavo a ama o viceversa, o incluso de zapatero a cliente; el anuncio kerigmático, en pentecostés, de la muerte y resurrección de Cristo fuente de salvación, designa ahora el contenido global del misterio de Cristo y se vincula estrechamente al proceso catequético que conducirá a la recepción del bautismo, sello efectivo del kerigma; para san Ireneo, el kerigma es el conjunto de la predicación de los apóstoles y de sus discípulos sobre Dios creador, Jesucristo su Hijo, el Espíritu Santo y la “economía”, que comprende la venida de Cristo en su nacimiento virginal, su pasión, resurrección, ascensión, su segunda venida y la recapitulación, la resurrección y el juicio universal. La aceptación de la fe, en virtud del anuncio de la salvación, era siempre acompañada, como elemento decisivo e irrenunciable, más que de la táctica, del testimonio convencido de tales verdades expresada en la vida misma; son tres las realidades capaces de mover a la conversión y a la acogida de la fe: el mensaje evangélico en sí mismo, la fraternidad e igualdad de dignidad promovida entre los cristianos y el testimonio convencido de una vida virtuosa capaz de darlo todo incluso hasta el martirio. Sin embargo, el itinerario de la aceptación de la fe y de la pertenencia a la comunidad por el bautismo, exigía tino y discreción a fin de evitar conversiones simuladas, haciendo necesario un proceso pedagógico de acompañamiento.

2. La iniciación cristiana

La conversión y el bautismo conllevan a un verdadero cambio de vida y de religión, un vuelco a la vida familiar, profesional y social; sin embargo, ser admitido al bautismo no era fácil, la comunidad cristiana tomaba sus precauciones, apartando a los pocos capaces de perseverar y probando la idoneidad de los candidatos introducidos a la comunidad por un cristiano determinado. El tiempo de preparación en la iniciación cristiana se llama “catecumenado”, deriva del verbo griego katecei<n [katejéin], usado por Pablo y significa “enseñar oralmente la fe” (1Cor 14,19); como sustantivo latino catechumenus, aparece por primera vez en Tertuliano, para designar al candidato al bautismo y el tiempo de la catequesis y de la formación. El catecúmeno acompaña a su evangelizador a las reuniones de la comunidad, se instruye en las verdades nuevas e intenta practicarlas. Tanto la afluencia de candidatos, como el riesgo que encierra profesar el cristianismo ante la experiencia de las persecuciones frecuentes e incluso de tendencias heréticas y de apostasías, conllevan a la prudencia y a la prueba del tiempo y la perseverancia. En la Pasión de Perpetua y Felicidad, documento de tiempos de Tertuliano, aparece ya una iniciación de larga duración. El tiempo de prueba para fortalecer la fe se adapta a la flexibilidad de la vida y las circunstancias, la catequesis va acompañada de la oración y del ayuno. El candidato aprende las grandes verdades de la fe expresadas en el símbolo bautismal y la oración del Señor que lo van insertando en la comunidad. San Ireneo, en su libro Contra los herejes, nos recuerda las verdades fundamentales de la fe profesada, en todas las comunidades diseminadas, por cada cristiano al recibir el bautismo.

El catequista enseña a captar la grandeza de la fe y la exigencia del rito bautismal, enseña a evaluar el cambio de vida y el riesgo que implica, pues en el imperio, la religión cristiana y toda reunión litúrgica, vital para el creyente, son ilícitas. El tiempo de la prueba es un distintivo de la comunidad cristiana, pues las religiones mistéricas, teniendo sus propios ritos de iniciación, nunca exigieron algún cambio moral; incluso los heréticos y cismáticos como los marcionistas bautizaban a sus adeptos inmediatamente. El acceso al cristianismo implica un itinerario de ruptura con los ídolos, de renuncia a los espectáculos y a los juegos del circo, de gran atracción para muchos. La Didajé, uno de los primeros escritos post-bíblicos, nos testimonia que la llamada “doctrina de las dos vías” formaba parte importante de la catequesis primitiva, poniendo de relieve el carácter dramático de la interpelación de la vida del cristiano. Hacia el siglo IV, con la apertura de la paz constantiniana, la afluencia de nuevos adeptos determinó una organización estable del proceso catecumenal, convirtiendo este siglo en la época de la gran catequesis. Entre los pasos concretos de la etapa catecumenal podemos numerar los siguientes:

a) Escrutinios o revisión de la vida. La comunidad juega un papel importante en la selección, lleva a cabo la primera revisión de la vida social del candidato y su integridad de vida, su profesión y condición de esclavo o libre, así como su relación con el mundo pagano; la poligamia o el concubinato o incluso algunos oficios incompatibles con la fe, impiden la inscripción al catecumenado.

b) Rito de iniciación. La inserción comienza con la señal de la cruz en señal de aceptación, de aquí en adelante se llama oficialmente catecúmeno o incluso cristiano.

c) Formación doctrinal. El catecúmeno, se compromete a escuchar la enseñanza de su catequista, este período puede durar unos tres años o reducirlo dependiendo del progreso manifiesto. La lucha que implica la preparación del candidato es comparado con el entrenamiento deportivo y con el oficio militar.

d) Escrutinios prebautismales. Cumplido el tiempo y estando cerca la pascua, el catecúmeno solicita el bautismo, es entonces escrutado en la honestidad y su solicitud por los pobres y enfermos, los huérfanos y las viudas, así como las buenas obras realizadas en su proceso de preparación. Superado este examen se considera “elegido”, comenzando un período de preparación próxima e intensa para el sacramento.

e) Exorcismo prebautismal. “Los elegidos”, reciben la imposición de manos y el exorcismo, a partir de aquí deberán mantener la pureza de vida, disponiéndose al bautismo, con ayuno, oración y buenas obras.

f) Toma de conciencia plena. Tras un discernimiento consciente, el catecúmeno toma una decisión definitiva e irrevocable, pues la recepción del bautismo es una consagración y un juramento de fidelidad permanente. Ahora testimoniará su fe ante el público e incluso ante los tribunales, si es necesario.

El rito del bautismo cristiano implica la idea de nacimiento, fecundidad, vida, muerte y resurrección. Es un medio eficaz para la incorporación a la Iglesia, para el perdón de los pecados e inauguración de la vida cristiana. Es el momento de iluminar la fe ilustrada por la catequesis bautismal, se prepara con la renuncia al maligno y el exorcismo seguido de la unción prebautismal, el momento central es la profesión de fe y la inmersión o infusión. Dos escritos del siglo II y uno del III nos dan testimonio preciso sobre la manera de bautizar: la Didajé, la 1ª Apología de san Justino y la Traditio Apostolica, atribuida a Hipólito, son documentos ricos en datos sobre la vida litúrgica de aquella época. Preparado el candidato con ayuno y oración, y en presencia de la comunidad que acoge con solicitud a sus nuevos miembros, recibe el sacramentum, en agua corriente o en una piscina, usando la fórmula trinitaria, como se indica en san Mateo, acompañada de la triple inmersión o efusión. Al salir del agua, el bautizado, es ungido con el crisma en el nombre de Jesucristo, es revestido con una vestidura blanca y adornado con una corona. El Pastor de Hermas, asocia a la vestidura blanca el sello en la frente del neo-bautizado significando su integración al Pueblo de Dios.

El rito y sus partes reciben nombres diversos: baño, nuevo nacimiento, iluminación, sello del Espíritu. Con la imagen de la luz, un cántico bautismal primitivo desarrolla la catequesis del nuevo nacimiento: “Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará”. Respecto al bautismo de niños, san Justino, refiere a quienes se han hecho cristianos “ya desde su infancia” y un compañero suyo dice: “poseemos de nuestros padres esta triple doctrina”. El nuevo bautizado recibe la imposición de manos por parte del presbítero quien invoca al Espíritu Santo pidiendo el don de la perseverancia, la comunidad lo acoge y con el beso de la paz sella la fraternidad. La iniciación cristiana concluye con la fracción del pan. Renacido a la nueva vida por la acción del Espíritu Santo y alimentado con el ágape celestial, “de ahora en adelante ha de dar testimonio de la verdad, caminar en las obras buenas y observar los mandamientos, a fin de conseguir la vida eterna”; en caso de persecución, los mártires, sea que hayan recibido el bautismo de agua o estén en el periodo de preparación, el bautismo de sangre es considerado incomparablemente superior; uno de los pasajes más conmovedores al respecto es el de Saturo, catequista de Perpetua y Felicidad, quienes recibieron el martirio con otros tres catecúmenos, el dato es testimoniado por la Pasión de Perpetua y Felicidad, en su capítulo 21:

Cuando ya el espectáculo llegaba a su fin, fue arrojado a un leopardo y de una sola dentada quedó bañado en gran cantidad de sangre que el pueblo dirigiéndose a él, dio testimonio a gritos de su segundo bautismo: ‘¡ya se ha lavado, ya se ha salvado! ¡Ya se ha lavado, ya se ha salvado!’ En verdad – comenta el documento – ya estaba salvado, quien de aquel modo se había bautizado.

III. FRUTOS DE LA EVANGELIZACIÓN: VIDA CRISTIANA PERSEVERANTE, FRATERNIDAD Y MISIÓN

El dinamismo de la fe se desarrolla desde un doble binomio fundamental: conversión y misión, fe y caridad, en otros términos la conversión conlleva a la acogida de la fe y al compromiso cristiano traducido en el compartir caritativa y fraternalmente la vida que desemboca en un consecuente compromiso misionero, es aquí donde incluso algunos deciden consagrarse enteramente a la evangelización como apóstoles itinerantes. La caridad, la unidad, la fraternidad son distintivos de la comunidad cristiana quien se preocupa por mantener una actitud de ayuda mutua. Los hermanos en la fe se conocen por su nombre, viven profundamente la dimensión humana de la fe a través del compromiso fraterno vivido y compartido. El obispo vela por la atención a los más necesitados, especialmente los huérfanos y las viudas, labor que completa con la ayuda del Diácono, aunque la acción caritativa a favor de los más pequeños es compromiso de toda la comunidad, la cual vela por la protección de los niños desamparados, que en virtud de las persecuciones han quedado en situación de orfandad, las viudas tienen la posibilidad de nuevas nupcias o dedicarse a la vida ascética. En tiempos de dificultad, cuando la situación de pobreza o hambre azota a los miembros de la comunidad, la fraternidad adquiere un carácter específico mediante las comidas públicas.

La comunidad es solidaria, incluso en tiempos de persecución, visitan a los encarcelados, llevándoles provisiones o incluso ofreciendo dinero para un trato digno o pagando el rescate para su liberación; la sepultura y respeto a los muertos es otra faceta de la caridad que impresionó a los mismos paganos. La donación generosa de los fieles hace posible mantener la caja común, la ofrenda económica es una verdadera participación fraterna de los bienes; en el siglo II, existen contribuciones a través de limosnas u ofrendas en especie, como ropa, calzado, alimentos, etc., que los diáconos recogían para distribuir entre los más necesitados; incluso los mismos pobres aportan su donación a favor de otros más necesitados mediante el ahorro, fruto del ayuno y la abstinencia. La ofrenda caritativa se constituye en la epifanía de Dios que cuida de los más pobres y marginados. La santidad de cada cristiano es procurada en la misma cotidianidad de la vida, mediante su perseverancia en Cristo; la oración, el ayuno y la limosna permiten mantenerse en continua vigilancia. La concelebración eucarística presidida por el obispo de la comunidad, es la expresión litúrgica por excelencia, es la acción de gracias permanente en la que el cristiano conmemora el sacrificio de Jesús; quien ha culminado su iniciación cristiana, domingo a domingo, se nutre del cuerpo y la sangre de Cristo. El ágape, o comidas fraternas post-eucarísticas, como expresión de la fraternidad y la caridad, especialmente con los más pobres, distingue al cristiano del pagano; en él, con verdadero sentido religioso, se unen en la oración y la convivencia sin distinciones: esclavos, ricos, pobres, etc. Además del domingo, el itinerario festivo del año va marcando paso a paso diversos momentos especiales de la vida cotidiana del cristiano que alimentan su fe y su adhesión a Cristo y a la comunidad; sobresalen la celebración de la Pascua y Pentecostés, posteriormente Navidad y Epifanía, así como la celebración del dies natalis de algún mártir, santo, confesor o apóstol. La espiritualidad cristiana, es por tanto, una realidad vivida desde la cotidianidad de la vida; es decir, nos conduce a descubrir la presencia del espíritu religioso cristiano en las diversas dimensiones de la vida: eclesial, familiar y social, concretada en la vida comunitaria, caritativa, orante y litúrgica. En toda la vida aflora la fe del cristiano, a través de su piedad, oración, penitencia, celebraciones festivas, su vida diaria, su hospitalidad y solidaridad e incluso en el recto uso del tiempo libre.

CONCLUSIÓN. La fe, vista desde la experiencia de los primeros cristianos, no consiste en instalarse, sino enfrentar lo cotidiano, es recomenzar cada día en la espera ansiosa y oscura de lo que aún no vemos; cada cristiano se esfuerza por vivir el heroísmo de lo cotidiano, presentando el rostro de una Iglesia de esperanza como una expresión profunda de su ser, la vida cristiana se vive como una tensión entre lo cotidiano y la promesa; de este modo, la fe transfigura la vida cotidiana, la esperanza domina sobre lo trágico, así lo demostró la serenidad de los mártires, pues a quienes esperan vigilantes, Dios les descubre el alba que ilumina la existencia y la eternidad.